La última galleta

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En casa de mi madre siempre hay un tupper lleno de galletas de mantequilla hechas por ella para mi padre, hasta el otro día, que quedó la última. Me puse a hacer más y ella se levantó, porque si no supervisa las cosas no están bien hechas, es así de simple.

Le agarré de la mano y me fui despidiendo, buscándola en cada rincón. Me la encontré en las pinzas de la ropa, en la hergón número 7 o en su alfa con la que tantos vestidos nos cosió. La vi en los bolillos, los bordados, el punto o el ganchillo. En su colección de platos, dedales o figuras de cristal con su Alejandro al fondo. En el mandil siempre dispuesto, la mesa puesta, comida para un regimiento y en sus recetas de cocina. Está en la capacidad de plantarse en casa de quien la necesite sin haberle pedido ayuda. Mi madre está en sus plantas, de las que tan orgullosa se siente, casi tanto como de su virgen del Carmen. Está en Naveces, Lugo de Llanera, La Granja y en Salamanca pero, sobre todo, está en Ledesma. Ella es la luna pintada en las uñas y el lunar dibujado en el pómulo. Está en Serrat y Sabina, en Rafael Farina, Víctor Manuel y en la radio siempre encendida. Tiene la fuerza del viento del norte y esa bravura de los toros de su dehesa salmantina. Ella está en las batas detrás de la puerta, en el reflejo de las cortinas que cosió, en el desmadejar la lana, en el doblar de las sábanas, en los botones charros y en las cartas a mi padre.

Y digo está porque, mamá, miestras yo viva, tú seguiras estando.

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